Presentación del libro Mi Vida en el Paraíso

Presentación del libro

“Mi vida en el paraíso”

de María del Carmen de la Bandera

en Sanlucar de Barrameda
27 de mayo de 2011

 

Mª del Carmen de la Bandera es una escritora cuyos libros van dirigidos especialmente a los jóvenes y a los niños, lo cual, en contra de lo que se pueda pensar, añade dificultad a la tarea narrativa. Si además resulta que los protagonistas de sus historias son los adolescentes y los propios niños, esos locos bajitos, que decía Serrat, casi siempre impenetrables y difíciles de comprender a causa de los olvidos que nos va regalando la edad y esa supuesta madurez que nos distingue y que nos hace olvidar tantas cosas que fuimos o quisimos ser, entonces el reto de escribir se me antoja cargado de obstáculos aparentemente insalvables.  María del Carmen hace de la necesidad virtud, y habilidosa costurera de las letras, lo mismo te cose un hermoso relato de los amores aparentemente imposibles entre el joven judío Samuel y la cristiana Carmen en la Sevilla del siglo XV, obstaculizados por la intolerancia y el fanatismo (Un hoyo profundo al pie de un olivo y De Fez a Sevilla), que te zurce un vertiginoso recorrido por los ambientes futboleros, con su equipos, sus hinchas y, lo que es peor, sus “radicales” y las violencias que generan (Sentir los colores), que te hilvana la dramática historia de Marta, una joven acomplejada por su gordura y capaz, finalmente, de aprender a mirarse con cariño (Íntimos secretos)… Y así, una y otra vez, una y otra historia, hasta llegar a la décima y undécima entrega, las que presentamos hoy: África en el corazón y Mi vida en el paraíso.

Os hago una confesión: a mí de mayor me gustaría ser como Mª del Carmen de la Bandera, una joven escritora de literatura infantil y juvenil que adopta la camaleónica y astuta forma de una respetable jubilada, seguramente con el propósito de jugar con ventaja a la hora de engañar a los niños y a los jóvenes, ofreciéndoles en los colegios la droga de la literatura, tan en desuso en estos tiempos. Si se os acerca, no os fiéis de ella, u os terminará sonsacando algunas de las cosas más íntimas que hayáis vivido, algunos de vuestros dolores, o los miedos y las esperanzas que compartimos los humanos y con los que nos encontramos de vez en cuando o reiteradamente, según sea nuestra suerte, con el propósito de construir otras nueva historia en las que nos sentiremos reflejados o con las que terminaremos identificándonos.

A mí y a algunos de los menores inmigrantes sin familia con los que he tenido la fortuna de compartir algunos años de mi vida nos pasó esto de lo que os advierto: hace ya unos años se nos apareció Dª Maria del Carmen por nuestra casa de La Merced, mirando como quien no ve, preguntando como quien no escucha, olfateando vidas y haciendas, así como al descuido, desapareciendo después tan sigilosamente como había llegado… y reapareciendo dos años después con un nuevo libro bajo el brazo, el de África en el corazón que nos acaban de presentar, en el que nos había convertido en personajes de ficción a algunos de los que tuvimos la mala suerte de dejarnos embaucar por ella. Quedáis avisados. Por cierto, creo que tiene el propósito de escribir una nueva novela, ésta sobre la tercera edad, y algunos de los que estáis aquí ya estáis metidos en años , así que escapad a tiempo, ahora que podéis.

Cuando se publicó África en el corazón, Mª del Carmen me pidió hacer la presentación de la obra en Madrid, en el barrio de Vallecas. El libro me había parecido perfecto narrativamente y una posible obra de referencia en la tarea de fomentar la lectura entre los adolescentes y en la de sensibilizarles sobre la vida de otros niños y jóvenes que desde hace ya algunos años llegaban a nuestras costas escapando de un pasado sin futuro y quedándose entre nosotros sin ningún acompañamiento familiar de referencia, solos, muy solos, y, en ocasiones, también maltratados  por la nueva sociedad de acogida o por las propias administraciones encargadas de su protección y tutela. Así lo resalté, entre otras cosas porque con su lectura a mi también se me había metido África en el corazón. Pero cometí el error y el atrevimiento de lanzar un guante a nuestra vital escritora que ella cogió al vuelo, como tiene por costumbre: ¿por qué no escribir la historia de Diko, el protagonista, en nuestro país? Una vez llegado a nuestras costas y estando ya bajo el amparo de nuestro sistema de protección de la infancia, ¿habrán acabado sus penurias? ¿Se convertirá en un marginado, un excluido, o terminará sintiéndose ciudadano de pleno derecho? ¿Su insaciable hambre de amor será satisfecho algún día hasta conseguir alejar sus terrores nocturnos? ¿Qué podrán más, las miradas compasivas, las palabras redentoras, o los prejuicios y el rechazo?

Las respuestas a tanta ansiedad sobre el futuro de Diko dieron pie a una nueva obra, Mi vida en el paraíso, que Mª del Carmen me ha obligado a releer con motivo de su presentación en Sanlucar de Barrameda. Ha sido una obligación dura y placentera a la vez. Dura, porque se me han despertado muchos fantasmas y terrores casi olvidados, que viví muy intensamente durante casi quince años, compartiendo casa, mesa y mantel y hasta la propia vida, con algunos cientos de estos menores inmigrantes no acompañados que llegaron a nuestras costas y a La Merced. Placentera, porque el balance de tantas historias tocadas y acompañadas muy de cerca es enormemente positivo. Cuando llegué a La Merced en el año 1994 me dijeron que tenía que rescatar a unos náufragos, pero lo que encontré en aquella casa y en las que abrimos después fue a un impresionante grupo de navegantes, capaces de dar sopas con honda a sus terrores y a nuestros miedos y prejuicios, aunque, a veces, como le sucede a Diko, tuvieran que seguir llorando muchas noches por su pasado, por su presente y por su futuro.

María del Carmen, no te lo vas a creer, pero yo, un castellano recio y duro, acostumbrado a los fríos de las tierras burgalesas, me he emocionado al releer de nuevo Mi vida en el paraíso. He cumplido la tarea mientras iba al trabajo en el metro. Uno de los días se me escapó una lágrima recordando el momento en el que la policía se metió en nuestra casa a las tres de la noche para llevarse a uno de los menores tutelados, generando un miedo contagioso en todos los que quedaron, convencidos de que podían ser los siguientes; esa noche, al igual que cuenta Diko, “la tengo clavada en mi alma y en mi corazón” y no me sentó nada bien recordarla. Una señora que tenía enfrente de mí, me miró un tanto preocupada por la susodicha lágrima. Al poco rato, solté una carcajada contenida, seguramente a causa de alguna de las bromas que los menores se gastaban entre ellos y que tú cuentas. La preocupación de mi compañera viajera se transformó en curiosidad, al ver tan pronta recuperación, y se agachó un poquito para ver el título de la obra que tantas y tan encontradas emociones proporcionaba a su compañero del Metro. Yo, con disimulo, levante un poco el libro para facilitar la tarea y estoy seguro de que te conseguí una nueva lectora… Ya hablaremos luego de la compensación que merezco. Quizá unos langostinos de Sanlucar podrían ser un buen pago…

¡Cuántas historias se entrecruzan en este libro! Seguimos encontrando continuas referencias a África, a la infancia de estos chicos, al trayecto, a las causas del proyecto migratorio, etc., aunque ya todo sucede y se narra muy cerca de nuestras vidas acomodadas, en un Estado de Derecho llamado España, en un continente, la vieja Europa, que dice ser madre referente de los principios y de la ética que han de mover el mundo para que sea humano, aunque a veces se nos presente como una vieja un poco chocha y olvidadiza que, en lo que toca a la inmigración y a la protección de la infancia, está consiguiendo hacer verdad el dicho de Groucho Marx: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”

Diko y sus compañeros de La Merced, del colegio Puerta Bonita, del club deportivo La Chimenea, son a la vez espectadores y protagonistas del horror y de la injusticia, muy a su pesar, y son, sobre todo, jóvenes, muy jóvenes, demasiado jóvenes. Sorprendentemente, la mayoría de ellos tienen una personalidad resistente a la adversidad que les hace capaces de convertir el empujón recibido en nuevo impulso, lo que no significa que no acusen el golpe y que no se resientan por el daño sufrido. Y ahí terminan sus semejanzas, porque cada uno de ellos es una personita, una persona distinta, con sus miedos y sus sueños particulares, fruto de sus genes y de las experiencias vividas. El color de la piel o su condición de inmigrantes son circunstancias significativas, aunque finalmente irrelevantes para lo que nos importa; su ser, su valor, su diferencia no reside ahí, sino en su humanidad única e irrepetible. Quien les mire y se fije simplemente en la envoltura, en la cáscara, no se enterará de nada y probablemente irá sembrando de prejuicios y estereotipos la convivencia entre los nuevos y los antiguos vecinos.

Nuestro protagonista, con el que nos vamos identificando poco a poco, porque el relato no nos permite ser indiferentes y nos invita a conocer mejor cómo espera, siente y padece, nos ayuda a entender. Diko es un impenitente enamoradizo y cuando presiente que el amor está cerca va descubriendo su verdadera personalidad, “ese Diko contradictorio que a veces ama la vida y otras tiene ganas de morir; el sincero, el locuaz y el tímido; el soñador y el realista, el Diko al que obligaron a ser perverso, pero que quiere el bien para todos, pero, sobre todo, el Diko que tiene unas inmensas ganas de amar y de que lo amen”. Y esa personalidad ya no nos resulta indiferente, porque Diko no nos es un desconocido y por eso no nos da miedo.

            En el camino, que os invito a recorrer, está presente, el racismo, las bandas como los Latin King, los enamoramientos, el consumo de pegamento, la edad del pavo, que es universal, el ansia por los papeles, por ser documentados (“mi querido carné”, dice Diko), el miedo a ser expulsados, las demoras administrativas y, en ocasiones, hasta un cierto maltrato institucional a los menores, la convivencia con su muchas dificultades y riquezas, las discriminaciones, la nostalgia por todo lo que se quedó en sus países, la diversidad cultural, las noches llenas de miedo, las dificultades de la educación, las bromas adolescentes… y sobre todo, futbol, mucho futbol. La Sra. de la Bandera se nos desvela como una periodista experta en la descripción de jugadas imposibles. No se pierdan, por favor, la excelencia de estas crónicas deportivas esparcidas, como quien no quiere la cosa, a lo largo del libro.

Me gusta cómo María del Carmen de la Bandera refleja el trabajo social de los centros residenciales o educativos por los que van pasando nuestros protagonistas; la humanidad de sus educadores, entrenadores y voluntarios. Parece que hubiesen hecho suya esa frase atribuida a Buda que asegura que “Las palabras tienen el poder de destruir y de ayudar. Cuando las palabras son amables, pueden cambiar el mundo”… Y las miradas, y los gestos… También me gusta cómo se evidencia lo contrario: que las palabras y las miradas destructivas, además de ser estúpidas e injustas, aumentan el dolor, la soledad y la marginación de aquellos a los que la vida ha tratado peor. Tras su lectura hay una invitación a escoger, porque los niños que nos llegan, en contra de lo que a veces nos venden, no son una generación perdida, sino niños heridos. Solo nuestra falta de compromiso y determinación, pueden desembocar en la marginación definitiva de estos jóvenes. Y no se lo merecen; a fin de cuentas, Diko y sus amigos son unos luchadores que se empeñan en que las cosas sean como tienen que ser, aunque no sean donde tuvieron que ser.

Sí lo entendieron, y por eso escogieron bien, esos personajes casi anónimos apenas citados de pasada en los dos libros presentados hoy, de los cuales sabemos poco más que sus nombres, Rocío y Javier. Muy cerca de aquí, a 135 km. de Sanlucar de Barrameda, en Tarifa, se encuentran con Diko, un “mojaito”, como los llaman por allí, recién llegado a nuestras costas y le regalan la primera mirada compasiva y su amistad absolutamente desinteresada. Curiosamente ahí, en ese parque natural de Los Alcornocales, en el que cae derrengado Diko tras escapar de quedar sepultado bajo las aguas del Estrecho, es donde las aves y algunos cetáceos nos recuerdan que las fronteras las hemos puesto los hombres para defender nuestros privilegios y que no siempre han estado ahí. Los Alcornocales es lugar de paso obligado entre África y Europa en sus viajes migratorios para las cigüeñas, los milanos, los buitres, los alimoches y otras aves migratorias. También para Diko, que ahí emprende su andadura entre nosotros y, por voluntad de la escritora, ahí termina superando, tras su paso por La Merced, ese miedo a los fantasmas que le ha acompañado durante su corta vida, comenzando de verdad, ahora ya sí, su vida en el paraíso.

 

Pablo Pérez Pérez

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